I
Muerto de frío, a un costado del sucio derrotero, intento de mala gana divisar a través de la niebla, los incoherentes y excitantes panoramas esbozados, rutinariamente y en forma sagrada, por aquél animal huérfano de destino.
Realmente tengo frío y ni siquiera hay escarcha; mi aliento no se condensa al escapar en un suspiro, quizás aún me encuentro dormido, y me pregunto que es lo que se aproxima, en una sala de espera, de esquina a esquina contemplando... mis zapatos? Lo percibo, de eso creo estar seguro; de veloz manera, irrogando crecientes e insonoros decibelios, me deja cada vez más sordo y malhumorado.
El tiempo ha tomado bifurcaciones, obstinado yo, digo: no es un continuo. Abismos antifísicos y psicológicamente grotescos, transgreden sus límites colisionando violentamente entre sí, para dar paso a lo indefectible; lo que en palabras a mi mismo, he calificado como insondable.
Suelo escuchar en mortales inexistentes, un balbuceo impropio de la supuesta nobleza y virtud humana. Aunque pase por iracundo o demente, simplemente escupo palabras en sus caras; ellos escupieron al cielo y la gravedad nunca estúpida fue, más si lo fue, la gravedad de sus juicios.
Me reconozco. Soy el perro suicida que persigue con el hocico rabioso, a los autos y a las motos, en plena Alameda, un quiltro indómito, que desea ser humano y no sabe lo que le espera.